Dejé a Travis en su casa sin volver a dirigirle la palabra. No sabía que era lo que mas me molestaba, si el hecho de que hubiera visto mi dibujo, su sonrisa burlona, cualquier comentario sobre Jackocbsob, ó haberme tenido que deshacer de él de esa forma tan cruel… para mí.  
El día había sido, sin duda, uno de los días con menos suerte en mi vida, empezando con la llegada de ese chico: Jackocbsob. Hubiera dado cualquier cosa con tal de que jamás llegara, su presencia me hacía sentir de una manera extraña, mi corazón estaba tan inquieto como si presintiera que algo muy malo estaba a punto de suceder.
Conduje lo más rápido que me atreví, lo único que quería en ese momento era llegar a casa, estaba furiosa, probablemente por la tontería más grande del mundo, pero lo estaba y no cambiaría tan fácilmente.
Vivía en Dunkeld, Escocia, en una casa mediana y cuadrada de color blanco  que contaba con tres dormitorios y las habitaciones contiguas de la planta baja y un bonito jardín delantero obra de mi tía Juliette.  Cuando llegué, aparqué frente a la puerta casi de manera autómata y salí del auto pisando fuerte -resultaba sencillo irradiar ira de cada uno de mis poros-. Atravesé el vestíbulo en un revuelo, pasé por un lado de la sala y me dirigí a las escaleras que conducían al segundo piso, donde estaba mi guarida que comúnmente llamaba habitación.
— Buenas Tardes, Tía— escuché que decía una voz con aire divertido— ¿Cómo estuvo tu día? preguntó  y se respondió a sí misma: Oh, bien, gracias por preguntar ¿y el tuyo? ¡De maravilla! Me alegra que estés temprano en casa. Si a mi también…
Me detuve en seco, había estado tan inmersa en mis asuntos existenciales que no había notado su presencia, en realidad, no esperaba que estuviera allí, normalmente llegaba hasta tarde.
Cerré los ojos y respiré profundo en un intento de controlar mi impulsivo carácter; entonces, giré para bajar los escalones que había subido, y dirigí mi rumbo a la pequeña sala de donde provenía su voz. Esbocé la sonrisa mas falsa que pude, mi humor para un interrogatorio no era precisamente el adecuado.
Juliette, mi tía, estaba sentada en uno de los mullidos sofás color blanco que amueblaban la estancia, dejó a un lado el libro que se estaba leyendo y se quitó las gafas para verme, sonrió y soltó una risita amable. Era sólo mi tía, la hermana de mi padre, pero guardaba gran parecido conmigo, excepto porque ella poseía una belleza natural y un aire de madurez que incitaba confianza, su rostro redondo y ojos color miel.
— Lo siento… no pensé que estarías en casa— le dije, mi voz se escuchó sombría a pesar de mis grandes esfuerzos por tranquilizarme. Sonó mas como un reproche que como una disculpa.
Apretó los labios y soltó un leve suspiro. Me maldije a mi misma y deseé golpearme contra la pared, pero el daño ya estaba hecho. Desde que había muerto el abuelo, hacía no más de año y medio, nuestra relación se había comenzado a enfriar, ya nada era igual y muchas cosas estaban cambiando en nuestro entorno; ella pasaba casi todo el día trabajando: por las mañanas como profesora de arte; por las tardes, en su tienda de antigüedades; y algunos fines de semana como guía turística en la catedral del pueblo. En cuanto a mí, cada día que pasaba me volvía más solitaria y apartada de la sociedad; no quería que marchara de esa forma, pero tampoco hacía nada por evitarlo, no podía;  mi maldito carácter se volvía incontrolable y había dejado de ser una niña feliz y alegre, sin preocupaciones, sumida en su propio cuento de hadas a pesar de lo que había ocurrido en el principio de todo cuando llegué a manos de mi tía Juliette y mi abuelo Henry al morir mis padres; no tenía ningún recuerdo de ellos, nunca los conocí, se habían ido para siempre cuando apenas tenía unos meses de haber nacido, ni siquiera conocía sus rostros, no había fotografías de ellos por ningún lado… nada, se habían quemado en ese incendio.
Era extraño, como si apenas me diera cuenta de ello. Juliette decía que se llamaba pubertad. Ella jamás se había casado, no sabía si por decisión propia o por haber tenido que cargar conmigo; la respuesta siempre era la misma: no hay nada más importante en el mundo para mí, que tú.
— ¿En que piensas, Anne? —me preguntó de pronto, después del largo silencio.
—Nada. —Mentí atropelladamente—yo sólo… debo ir a mi habitación; demasiados deberes, ya sabes. Ah… y si llama Travis dile que no estoy.
—Pero… ¿No tienes hambre? ¿Ha pasado algo? Cuéntame, sabes que…
—No tengo apetito; y son asuntos míos. —Interrumpí bruscamente poniendo fin a nuestra conversación.
Di la vuelta y empecé a caminar nuevamente con rapidez hacia las escaleras para evitar el interrogatorio que mi tía amenazaba con iniciar; dejarla así no era lo mas adecuado, pero no veía otra opción si no quería ser más grosera, y, lo único que necesitaba en ese momento era estar sola, en mi habitación y pensar, pensar hasta que mi cerebro no diera para mas; dormir, dormir hasta despertar al nuevo día y tratar de olvidar aquel como una pesadilla pasajera.
Las horas de aquella tarde transcurrían demasiado lento, me sentía prisionera dentro de las cuatro paredes de ese lugar que ahora me parecía inmenso y a la vez diminuto. Dediqué algunas horas a hacer los deberes que habían quedado de cálculo y de literatura, pero eso no me había llevado gran parte de lo que quedaba del día, por lo que rellené mi tiempo libre leyendo fragmentos de los viejos libros que ocupaban el pequeño estante de mi biblioteca personal; sin embargo, leerlos de nuevo era una tarea tediosa y todos sus protagonistas eran tontos, estúpidos y casualmente tenían el rostro de Engel Jackocbsob, su sonrisa fugaz y sus ojos grises brillando despectivamente con altivez arrolladora. Medité un rato sobre el asunto, seguí sin entender que era lo que ese chico tenía que llamaba tanto mi atención y me hacía imposible olvidarlo, lo único que su recuerdo provocaba era un odio creciente hacia su persona, y también miedo. Nadie aparece por arte de magia en el mundo.
Pasé encerrada en mi habitación más tiempo del que acostumbraba, Travis había llamado varias veces durante el transcurso de la tarde; una Juliette, apesadumbrada, se había inventado un par de buenas excusas para disculpar mi silencio, pero en vano me reclamaba explicaciones del otro lado de la puerta, a las cuales yo no respondí en ninguna ocasión. Seguía molesta, mas no sabía con quien lo estaba, por esa misma razón decidí no responder a las llamadas de mi amigo.
Agradecí cuando la penumbra de la noche envolvió la pieza. Aburrida y consternada me hice ovillo en el suelo, los peores pensamientos empezaron a inundar mi mente nublándola por completo, ahora la soledad era dolorosa, ahora la sentía cercana y real, rodeándome salvaje y amenazadora. Estaba cansada de ser Annette Crawforth; quería gritar a los cuatro vientos y reclamarle a un ser que no estaba segura que existía por la forma en que se había ensañado conmigo ¿Qué había hecho yo mal?
Aferré más mis piernas contra mi pecho, como si ese acto fuera a cerrar el gran hueco imaginario que se estaba abriendo allí, y, poco a poco mis ojos se fueron cerrando hasta que perdí la noción de todo y no supe nada más.
Desperté; somnolienta, abrí los ojos hacia la penumbra, me encontraba tumbada sobre un frío piso de mármol en una gran habitación sin límites, la cual no tenía techo, podía ver una luna tan hermosa y plateada, aunque, apenas iluminando tenuemente el lugar y el cielo negro aterciopelado surcado de estrellas, era una noche muy hermosa y relajante, sentía que podía tocar el cielo con tan solo extender mi mano hacia arriba.
Parpadeé un par de veces, ofuscada, cayendo en la cuenta de que ese lugar no era el correcto. No tenía idea de cómo había llegado ahí, estaba perdida. Confundida me levanté lentamente y el viento helado revoloteó mis cabellos interponiéndolos contra mi rostro, los aparté enseguida y una vez más parpadeé, esta vez para acostumbrar mi vista a la oscuridad. Intenté visualizar a mí alrededor tratando de reconocer algo, pero no lograba ver nada más allá de donde me encontraba y ese cielo tan bello. Avancé silenciosamente con la cautela de un intruso; no llevaba zapatillas por lo que mis pasos no se escuchaban y el piso era tan helado que parecía estar caminando sobre hielo.
De pronto, el silencio abrasador se rompió con un ruido metálico a mis espaldas, me volteé al instante para saber de donde provenía aquel extraño sonido, y, escudriñando cada rincón de la negrura busqué la fuente que provocaba ese ruido.
— ¿Hay alguien allí? —pregunté con voz temblorosa.
Nadie respondió. Escuché el estremecedor eco de mi voz propagarse en todas direcciones y volver en murmullos escalofriantes que me erizaron la piel.
Me quedé parada en medio de la nada, sin saber que hacer; pero, como si supiera cual era exactamente el camino a seguir, me di nuevamente la vuelta y caminé entre la noche densa y fría. Intenté mantener la calma pero quería salir de allí cuanto antes, algo cosquilleaba en mi estómago mientras una sensación de claustrofobia me invadió dándome la impresión de ser observada desde las sombras. Lo último que deseaba era entrar en desesperación, pero inevitablemente mi paso se volvió apresurado, el suelo hería las plantas de mis pies ante su gélida frialdad y mi corazón amenazaba con salir corriendo más rápido que yo, mi respiración se agitó y resbalé cayendo  de bruces al suelo; apoyé ambas manos primero para evitar que mis nariz y mi boca se estamparan en el piso. Alcé de nuevo la vista para asegurarme que estaba sola o que nada fuera de lo común me hubiera seguido; antes de que me pusiera de pie, una barra plateada, tan brillante que su destello resultaba anormal en ese mundo oscuros, calló delicadamente en forma vertical apenas escasos centímetros de mi cara, se mantenía de pie, imponente. Levanté un poco mas la mirada y proferí un grito ahogado, no se trataba de una simple barra plateada, era la hoja de una espada y alguien la sostenía con firmeza de la empuñadura para que permaneciera en equilibrio; me incorporé lo mas rápido que pude y vi frente a mi ese chico apuesto, Engel Jackocbsob. No obstante notaba algo distinto en él, ese no era exactamente el Engel que había conocido aquella mañana en el instituto, él lucía diferente, mas irreal y fantástico; sus ojos habían abandonado el tono gris y relucían rojos como un par de rubíes, cada facción de su cara parecía esculpida por un artista de notable talento y minucioso trabajo; su torso se hallaba desnudo y me quedé boquiabierta notando que mis hormonas se descontrolaban en acción de un deseo imposible, realmente esos músculos no eran los de una lombriz. Había en su mirada reflejada una furia y un odio que estaba segura tenía que ver conmigo, más no entendía el porque, era un odio mayor al de aquella mañana; entonces, sonrió irónico y no entendí el significado de esa sonrisa socarrona, pero supe que sus intenciones no eran nada buenas.
Dio un paso hacia delante y yo dos hacia atrás.
— ¿Q-qué quieres? —inquirí dubitativa tratando de que el miedo no se reflejara en mi voz, pero evidentemente no lo logré.
Engel se acercó más hacia mí; jugueteaba con aquella reluciente espada metálica como si fuera un juguete inofensivo. En mi vida había visto demasiadas pero lo que estaba en sus manos era un artefacto magnífico e inigualable a cualquier otro, parecía ser un objeto del sigo XVII o tal vez mas antiguo, no estaba tan familiarizada con las antigüedades como lo estaba Juliette.
—Tu me has traído aquí— era mas una afirmación que una pregunta.
Él asintió riendo entre dientes, como si la situación fuera un acto con poca gracia, pero del cual tenía la necesidad insensata de hacer aquello; era la primera vez que le veía claramente reír, sin embargo, su risa estaba ausente de euforia y más bien parecía amarga.
Caminó de nuevo hacia mí, sus pasos eran rápidos pero cautelosos, me recordó a un depredador ágil y calculador; tuve miedo de caer hacia atrás, prácticamente iba corriendo de espaldas pues no me atrevía a dejar de mirarle por temor a que si despegaba la mirada de él me hiciera daño sin que yo advirtiera sus movimientos. Entonces, se detuvo y me detuve también, alzó de nuevo su espada que despidió un brillante destello contra la luz de la luna, devolvió su reflejo y me quedé sorprendida cuando la luz se dirigió hacia él y quedó iluminado casi por completo.
De su espalda se desplegaban hacia el firmamento unas grandes alas oscuras, como las de un ángel; anonadada lo observé, perdida en su belleza que se vislumbraba mas en ese momento. Estaba fuera de cualquier cosa que había visto en mi vida, fuera de un parámetro normal.
Entonces, de improvisto las enormes alas se agitaron detrás de él y una fuerte ráfaga de viento helado nos envolvió con brutalidad, el impulso fue tan grande que no pude evitar caer al suelo de sentón, la fuerza del aire era mayor que la mía propia y el viento era tan frío que tuve que llevarme el brazo al rostro para cubrirme, sin embargo, para él pareció ser solo una brisa cualquiera que apenas lograba revolcar sus cabellos oscuros.
Siguió mirándome por un largo rato con su rencor y desdén definiéndose claramente en cada una de las líneas de su cara. El gélido viento me hería la piel, mi cabello se agitaba por todas partes y mis ojos se bañaron de lágrimas, mas no supe si era por el efecto del aire chocar de frente o por el miedo que todo esto empezaba a provocarme.
—Esto es un sueño—susurré aterrada, apenas podía articular las palabras y me sorprendió que mi voz saliera aunque fuese poco audible—esto es un sueño...
—No, Anne, no lo es— me contradijo Engel hablando por primera vez; su voz se escuchó fina y suave, abrasadora y penetrante a causa del eco— pero no te preocupes, terminará pronto.
Me estremecí cuando escuché eso salir de sus labios, apenas podía respirar y el corazón latía fuertemente retumbando dentro de mi pecho.
Las circunstancias en las que me encontraba eran como una fantasía, algo que solo solía ocurrir en sueños, en el fondo, sabía que no era mas que una mala pesadilla provocada por mi obsesionado subconsciente; los colores, las imágenes y el dolor eran tan reales como para afirmar mis suposiciones con tanta firmeza, yo solo sabía que estaba horrorizada y no había una brecha abierta para poder escapar.
— ¿Quién eres?—le pregunté rápidamente fortaleciéndome, no permitiría que me intimidara, mucho menos él. — ¿Por qué haces esto?
Su rostro se contrajo de pronto, pero, en cuestión de segundos esa petulante sonrisa volvió a sus labios.
— Haces demasiadas preguntas… —respondió con un dejo de fastidio— ¿Quién soy? Ya lo sabes, ¿Por qué lo hago? No lo se… —expresó en voz baja dando el aspecto de una persona desorientada que se había equivocado de dirección—el punto es que tu no deberías seguir aquí, solo eres un error… un peligroso error.
Cada palabra que salía de sus labios me confundía mas en lugar de aclararme las cosas; estaba ofuscada y ya no entendía nada de lo que él decía, todo era un nudo difícil de desatar; persistente y obstinado, se contradecía a si mismo y a lo que parecía desear, aunque eso último no podía asegurarlo con certeza. Todo me daba vueltas, era casi imposible imaginar la cantidad de cosas que habían pasado en tan corto lapso de tiempo; me sentía mareada y me estaba congelando por el frío que envolvía la habitación. Tenía miedo, algo se ocultaba detrás de la perfección cautivadora de Engel Jackocbsob, lo supe desde el primer momento en que le vi y no me refería a esa noche, ni cuando entró al salón de clases esa mañana, si no a mi dibujo, se escuchaba tonto, pero era la verdad, pues ese ángel oscuro que tenía delante, alzándose amenazante dispuesto a matarme en cualquier momento, era el Engel de mi dibujo y no el arrogante chico nuevo. Su parecido era evidente y su voz era la de él, de nadie más que él... ya nada tenía sentido.
Solté un largo suspiro, derrotada, él se dio cuenta de que no tenía nada por lo que oponer resistencia ni las posibilidades de salir victoriosa de una posible batalla, estaba armado y yo a su merced; me sentí frustrada e impotente por no poder hacer nada para tratar de evitar mi propia muerte, pero, era inevitable; Odiaba rendirme, pero, ¿Cuál era la otra opción?
Engel levantó en alto su gloriosa espada, era el final.
Mi mirada se perdió en el infinito y miles de imágenes pasaron a toda velocidad dentro de mi cabeza, sonrisas, rostros, miradas, algunos conocidos y otros ajenos; había tantas cosas detrás y muchas mas por delante, vi un pasado ya lejano y un posible futuro muy cercano. De pronto las imágenes se detuvieron y solo quedó una que me cautivó: era yo misma y frente a mi había una persona, un chico cuyo rostro no estaba definido, entre sus manos sostenía el mío… se acercaba lentamente hacia mi inclinándose con dulzura… estaba a escasos centímetros de mi… sus labios rozaron los míos… y fue entonces cuando la imagen de hizo añicos como un vidrio romperse.
“No es el fin”—dijo una voz dentro de mi cabeza, no era esa voz entrometida que escuchaba a diario, era otra voz que conocía muy bien, eso no era verdad… yo no estaba escuchando eso, definitivamente era un sueño… una pesadilla mas que un sueño, mi respiración se dificultó como si alguien oprimiera mis pulmones— “Las cosas no deben terminar así” — insistía aquella voz, la conocía perfectamente, tan pasiva, tranquila y despreocupada como siempre, ahora se alejaba poco a poco—“Debes cumplir… Debes cumplir…”
No quería que se fuera, quería que estuviera cerca de mí hasta el último momento. Engel abalanzó su espada y la dirigió hacia mí, estaba a punto de darme.
— ¡ALEJATE! —grité mientras cerraba fuertemente mis ojos e interponía mi brazo como si eso fuera a detenerlo todo.
No llegué a sentir el filo de hierro impactarse sobre mí, ni nada que se le pareciera; solo tuve una sensación cálida que recorría cada centímetro de mi cuerpo, el viento había dejado de agitarse, no escuché nada mas que mi respiración entrecortada, entonces me di cuenta de que aquella pesadilla había terminado y cuando abriera los ojos estaría de nuevo sobre la alfombra de mi habitación, bajaría las escaleras, abrazaría a mi tía, tomaría el teléfono y llamaría a Travis para disculparme.
Mis párpados temblaban, no quería abrir los ojos por temor a que mis suposiciones fueran equivocadas y aquello fuera tan real; me debatí entre abrirlos o no, al final la curiosidad de saber la verdad ganó y esperanzada los abrí rápidamente, como si entre mas rápido lo hiciera más rápido todo terminaría.
Me quedé boquiabierta a lo que vi a continuación: una especie de campo de fuerza me rodeaba, despedía un misterioso resplandor azul. Engel parecía aterrado por primera vez, su plateada espada rozaba la esfera luminosa pero a pesar de poner todas sus fuerzas ésta no lograba atravesarlo ni un centímetro, infinidad de rayos azules y plateados salían despedidos hacia todas partes, yo seguía en el suelo, también aterrada preguntándome cuando terminaría todo. Me puse de rodillas y vi ante mi otra espada, reposaba apaciblemente sobre el suelo oscuro de mármol, tan grandiosa como la de Engel, tal vez mas, despedía también ese misterioso resplandor azul, me incitaba, me atraía hacia ella, entonces, la tomé y la calidez que me recorría hasta entonces se volvió mas reconfortante y agradable; segura de mí misma, me puse de pie con la espada en mis manos, no sabía lo que tuviera que hacer, decidí imitar lo que había visto de mi enemigo y la alcé con fuerza hacia delante golpeando la de Engel; el efecto que causó fue sorprendente, tan solo al contacto la suya salió despedida varios a varios metros de distancia, sonreí, ahora la seguridad estaba de mi lado y él lo sabía, el temor se reflejaba en sus ojos; batió sus enormes alas oscuras y se alzó en el aire, estaba volando sobre mi, se deslizó delicadamente en el cielo, bajó a varios metros, donde estaba su arma y la recogió con una velocidad que nunca había visto en nadie.
—Justo, ahora estamos a mano.
—No por mucho tiempo—corroboró él.
Solté una risotada, estaba confiada, corría por mis venas la excitación y el deseo introvertido de buscar problemas, como si el hecho de tener en mis manos algo que usar contra él lo solucionara todo.
— Que gane el mejor— dije altivamente adoptando su forma de hablar, me sorprendí a mi misma, esa ya no era yo— o mas bien… que muera el mas débil.
Ahora el que rió fue él.
—No cantes victoria, Annette— me insistió sin abandonar su seriedad.
Se volvió a alzar en el cielo como el ángel que era, le seguí con mi mirada, mantuve en alto mi espada y esperé, cuando estuvo cerca de mi, se lanzó en picada, interpusimos nuestras espadas al mismo tiempo, ambas chocaron causando un gran estruendo y otra lluvia de rayos plateados y azules, estuvimos así por un buen rato, ninguno dispuesto a ceder, el peso comenzaba a ganar sobre mi y todo daba vueltas alrededor, en el cielo se formaba un clima tormentoso, esto no podía durar demasiado; nuestras espadas resbalaron la una contra la otra, la hoja de la suya pasó a escasos centímetros de mi cuello y la mía resbaló hacia un lado rozando su antebrazo izquierdo.
A continuación se escuchó un grito de dolor y ruido metálico chocar contra el piso, Engel cayó de rodillas al suelo y con la mano derecha se aferraba la herida mientras una sustancia carmesí fluía descontroladamente; quise ir hacia él pero el peso de mi cuerpo era tal que apenas podía avanzar, mi vista se nublaba de vez en cuando.
—E…Engel… —mascullé entrecortadamente
Me acerqué tambaleando hacia donde él se encontraba, pero no logré alcanzarlo, el suelo se hundía sobre mis pies, mis rodillas se doblaron y caí al vacío, le lancé una última mirada, nuestras miradas se encontraron, sus ojos se empezaron a tornar grises de nuevo y me lanzó su mejor sonrisa…
Abrí los ojos estrepitosamente, inhalé aire como si acabara de salir de debajo del agua y no hubiera respirado en mucho tiempo, mi corazón estaba acelerado, miré a todos lados con los ojos desorbitados, estaba en mi habitación, jamás había salido de allí, todo había sido una pesadilla, solo eso, me repetí a mi misma; me di la vuelta sobre un costado y divisé el reloj que se encontraba en mi mesilla de noche, eran las 5:30 de la mañana.
Me volví a girar boca arriba envolviéndome entre las cobijas revueltas de la cama, aún llevaba puestos los vaqueros del día anterior y las zapatillas de deportes, mis músculos se hallaban tensos, como si no hubiera dormido en toda la noche, cerré los ojos de nuevo lentamente para volver a dormir un rato mas, percibí el aire cálido que entraba por la ventana abierta y supe que hoy sería un día agradable.
Dejé que el sueño me volviera a elevar en las nubes, mis parpados ganaron de nuevo peso y se cerraron.
— ¿Cama? ¿Ventana abierta? —pregunté abriendo los ojos, alarmada.
Aún un poco adormilada puse un pie en el suelo y me tambaleé peligrosamente, desvié la vista hacia la puerta, tal vez mi tía había entrado, o tal vez, inconscientemente y mas dormida que despierta yo había abierto la ventana y la incomodidad de dormir en el suelo me llevó a dar a la cama, si, eso era lo mas probable ya que según recordaba la puerta estaba cerrada por dentro. Decidí no tomar importancia a ello, al parecer, esa pesadilla, junto con Engel Jackocbsob me estaban volviendo mas paranoica que de costumbre.
Seguía siendo muy temprano, moría de sueño pero no podía volver a dormir, incluso tenía miedo que mis ojos se cerraran y que el rostro de él volviera a aparecer de nuevo, no quería volver a tener otra aventura similar.
Busqué ropa limpia en el armario y me dirigí al cuarto de baño teniendo cuidado de no hacer demasiado ruido, me mentí en la ducha de agua caliente y dejé que el calor subiera por mi cuerpo, permanecí allí por mas de media hora escuchando solo el ruido musical del agua caer contra el piso y envolviéndome entre el vapor que inundaba el cuarto, todo me daba vueltas en la cabeza y cada detalle de esa pesadilla se hacía muy presente, en especial los que habría deseado omitir primero que nada. Cuando salí de la ducha seguía siendo temprano, el cielo aún estaba ligeramente oscuro en lo alto; me acerqué a la ventana, recorrí las cortinas de seda azul que danzaban al compás del viento y eché un vistazo; en el horizonte, detrás de las casas y los cuidados jardines cuadrados del vecindario podía divisar la línea dorada que dividía la tierra del cielo y los hermosos colores añiles y fuego que la acompañaban. Decidí ponerme algo ligero y poco abrigador, el sol amenazaba con salir y la lluvia del día anterior provocaría bochorno.
Me puse frente al espejo y unos ojos grandes y azules me devolvieron la mirada, siempre la misma, penetrante, curiosa e introvertida; no era una chica guapa, eso lo tenía bien claro, yo no era como aquellas que salían en las revistas o como la mayoría de las chicas del instituto, incluso, para mi pesar, no le llegaba a Rachel ni a los talones; mi cabello era castaño oscuro, ondulado en la parte baja e imposible de arreglar en ocasiones, siempre estaba en mi contra; tenía casi diecisiete años y mi complexión era delgada, apenas llegaba al 1.60 de estatura, a veces, aparentaba solo quince y eso era frustrante ya que algunas personas seguían viéndome como la niña que ya no era; mi piel lucía blanca y pálida por la falta de sol, escasa de color; pasé el cepillo por mi cabello y lo recogí con un broche tratando de ignorar la molesta mirada detrás del espejo, en ocasiones me resultaba imposible creer que esa era yo, estaba cambiando demasiado rápido, ayer fui una… hoy ya era otra, eso me hacía sentir como una extraña en un cuerpo que no era mío, pero sin duda lo era.
Cuando estuve lista me dirigí de nuevo a la ventana y la cerré aún con la incógnita a flote de cómo había sido abierta; tomé mi mochila y bajé las escaleras, pasé a través de la sala y fui directo a la cocina donde Juliette preparaba el desayuno, dejé la mochila en el suelo y me senté en la mesa sin decir nada, estaba muy avergonzada y en casa el silencio era una muestra de disculpa y arrepentimiento.
— Buenos días— me saludó cuando se dio la vuelta para colocar dos platos con huevos y bacón sobre la mesa— ¿Sigues molesta por la extraña razón que aún desconozco?
— Yo… no… solo fue un mal día… ¿me perdonas?
Se sentó frente a mí y tomó un sorbo de su taza de café, haciéndome esperar, luego me miró a los ojos lo cual fue incómodo pero me empeñé en sostener su mirada tranquila, de pronto simplemente sonrió con naturalidad y soltó una risilla traviesa.
— Annie… te perdoné cuando destruiste la mitad de mi jardín y cuando prendiste fuego a mis libros de arte… ¿Por qué no habría de hacerlo ahora?
Me mordí el labio inferior y reí nerviosamente.
—Eran unas plantas horribles, el jardín luce mejor ahora con Tulipanes y en cuanto a los libros… bueno, me resultaron aburridos y sus dibujos eran feos
Juliette soltó una carcajada; había amado su viejo jardín y esos libros fueron invaluables para ella, pero, siempre le resultaba agradable recordar los viejos tiempos y sin poder creerlo muy bien yo también disfrutaba recordando.
Comimos en silencio, ella leía el diario de la mañana y yo intentaba encontrarle alguna forma divertida y estúpida a la comida, cualquier cosa sin sentido que me mantuviera ocupada la mente.
De pronto se puso de pie, recogió los platos sucios, desvié la vista hacia el reloj en forma de gatito que estaba en la pared de enfrente, sus ojos me miraron con malicia y mientras su cola se balanceaba a un lado y a otro en cada movimiento de manecilla me juraba que ese gato moriría próximamente, era muy aterrador. Revisé la hora y tragué saliva, el tiempo había pasado rápido y ahora tenía que ir al instituto, enfrentar a Travis y volver a ver al hermoso objeto de mis pesadillas: Engel Jackocbsob.
Rolé los ojos apesadumbrada por no poder parar de llamarlo hermoso y perfecto en mis pensamientos. La belleza no hace la humanidad y no siempre tiene alto valor.
Me encogí en mi silla preguntándome si mi tía me permitiría faltar a clases, era un poco tarde para fingir alguna enfermedad, pero probablemente si pedía piedad y abogaba mis excusas… negué con la cabeza antes de continuar la falsa fantasía, era Juliette nunca me dejaba faltar al instituto.
— ¿a que hora piensas irte? —me preguntó en ese instante como si hubiera sabido lo que pasaba por mi mente.
— ¿Me estas echando? — respondí fingiendo indignación
— Si
Me levanté de la silla tomando la mochila del suelo, me dirigí a ella y le besé en la mejilla.
—De mejores hogares me han corrido; nos vemos, tía.
—Que tengas un buen día, cariño ¡y cuida ese humor!— me gritó cuando ya iba saliendo de la casa.
Como había previsto el sol se desplegaba hacia arriba, coronado por sus tenues rayos dorados y tiñendo el cielo poco a poco con sus colores majestuosos; no había quedado ningún vestigio del lluvioso día anterior, solo la humedad acumulada. Ya casi había amanecido por completo, el cielo parecía naranja rojizo, para luego volverse lila y posteriormente azul claro, así eran de hermosos los amaneceres en esa península escocesa, ya no solía sorprenderme mucho, pero si que los disfrutaba; el viento resoplaba ligero y fresco acariciando mis mejillas y jugueteando con las hojas de los árboles, una tranquilidad reinaba en el ambiente. Subí a mi coche que esperaba allí donde lo había dejado la tarde anterior, lancé mi mochila en el asiento trasero y aquello me hizo recordar a Travis, entonces, se me hizo un nudo en la garganta, todo el coraje y enojo se habían marchado dejando paso al arrepentimiento y la vergüenza, supe hasta entonces que no debí haberme comportado de aquella forma tan infantil.
Puse en marcha el motor tan fuertemente como si aquello fuera a ahogar el montón de sentimientos que me embargaban; tomé el camino que dirigía hacia el puente que conectaba a Dunkeld con Birnam, el pueblo donde se encontraba el instituto.
Iba tan absorta en mis pensamientos e inundada por mis emociones que no me di cuenta que había ido disminuyendo la velocidad, a pesar de que aún no me acercaba a las entradas del pueblo; tomé en cuenta que era mi turno de disculparme con Travis esa mañana, era demasiado orgullosa como para querer hacerlo, pero, tenía que ser yo por mucho que me disgustara, no sabía como, miré mis acusadores ojos azules devolverme una fiera mirada por el espejo retrovisor.
“Tu empezaste, tu lo solucionas”
—Ok, ok… lo haré—comencé a decirle a mi yo interior, mas sensato que mi yo exterior. — ¿Cómo le digo?
Esperé un minuto y con la vista al frente comencé a practicar una patética disculpa.
— “Yo… quiero disculparme… por mi forma de actuar” —dije al viento y luego me volví a responder a mi misma— ¡Eso es patético, Anne! Un mimo tiene más facilidad de comunicación que tu…
Medité unos segundos.
— bueno, veamos ¿Qué tal esta? “Travis, lo siento. ¡Pero tú también tuviste la culpa de todo, eres un entrometido, que te importa lo que haga o deje de hacer, no debes meterte con mis asuntos personales, y no me importa lo que tengas que decir!” ¡NO! No quiero volver a pelear con él…
“Anne, Anne eres un caso perdido”
Azoté las manos contra el volante.
—Lo se. —Suspiré exasperada— Tal vez solo esté bien algo simple como: “Quiero disculparme por lo que sucedió ayer, se que no fue correcto de mi parte reaccionar así…”
—No te preocupes, quedas disculpada—me interrumpió una voz fuera del auto.
Abrí desmesuradamente mis ojos, imposible de creer, pisé el freno, aunque no lo sentí demasiado pues para ese instante mi velocidad no pasaba los 10 Km. /h. Estaba segura que solo era mi imaginación, nada real, era algo ilógico—al menos para mi— encontrarme con Engel Jackocbsob en ese momento y en esas circunstancias; parpadeé dos veces pero él seguía allí, caminaba por la orilla del la carretera como si tal cosa, con su mochila negra al hombro, su espalda erguida y sus habituales pasos gráciles; iba con su vista al frente y no se detuvo cuando yo lo hice, siguió andando y ya me llevaba varios metros de ventaja, así que, volví a poner en marcha el coche y le seguí a su mismo paso.
—… B… buenos días—titubeé, no se me había ocurrido nada bueno que decir, jamás pensé encontrármelo justamente por allí, creo, que antes hubiera pensado en hallarme a Batman o Superman, pero no a él. — ¿vas a irte caminando al instituto?
No pude contener esa curiosidad.
—Si—se limitó a decir seriamente sin detenerse o volver su vista.
—Pero… si aún queda muy lejos, no llegarás a la primera hora… y te cansarás mucho antes de llegar—le dije atónita. — ¿quieres que te lleve?
—No—respondió fríamente y luego añadió— gracias.
Chasqueé la lengua, a ese chico le encantaba desesperarme, era tan testarudo y su conducta era cortante y seca como si el ser tan guapo y perfecto fuera una excusa para no hablarle a los patitos feos como yo, tal vez pensaba que yo era muy poca cosa para merecer algún gesto de amabilidad de su parte; eso hizo que me enojara de nuevo, quise gritarle pero no lo creí conveniente, bufé y suspiré un par de veces tratando de controlarme de nuevo. En esos momentos hubiera preferido que el Engel que caminaba a lado de mi auto fuera su versión de ángel demoníaco y no ese arrogante chico común; el Engel de mi pesadilla tan siquiera me dirigía la palabra y había sonreído; este Engel era mas duro que una roca. Ahora, más que nunca me di cuenta que lo sucedido en mi pesadilla había sido completamente creado por mi subconsciente, por más real que pareciera.
—… anda, a mi no me cuesta nada, vamos hacia donde mismo— le dije serenamente, tampoco tenía intenciones de que creyera que le rogaba.
— No piensas dejar de molestar ¿verdad?
Su voz se escucho irritada y había hablado entre dientes, mi terquedad rogativa le desesperaba, quise soltarle los peores insultos y mandarlo al otro lado del mundo o por lo menos lanzarlo al río, pero, mi propósito ahora era fastidiarlo, no pensaba darle por su lado y dejar que el ganara, contuve todos mis impulsos salvajes y apreté el volante entre mis manos, con mas fuerza.
—No—le respondí cínicamente.
El dejó de andar, hizo un movimiento con sus brazos mostrando el tedio que yo le causaba, puso los ojos en blanco y yo paré el coche. Abrió la puerta del copiloto y colocó la mochila en su regazo.
—Eres la persona mas desesperante y extraña que he conocido en mi vida—protestó cruzándose de brazos— tu cabecita no funciona igual que la de los demás —aseguró
Solté una risa, mientras aceleraba de nuevo; él no se imaginaba cuanta razón tenía.
—Lo vez… cualquier otra chica ya me hubiera bajado de su auto a patadas por decirle eso y tu solo te ríes… eso no es normal.
—Es que… me causa gracia que si sabes decir frases más largas… estaba empezando a creer que no hablabas mucho inglés o que tu diccionario personal fuera demasiado precario… —puse mi dedo índice en mi barbilla fingiendo analizar una situación importante.
Suspiró exasperado. Extendió el brazo hacia el estéreo pero se detuvo antes de encenderlo.
—Puedes… con tantas cosas en mi cabeza olvidé encenderlo.
—Gracias— murmuró con calma.
Lo encendió con delicadeza y no subió el volumen hasta encontrar la estación que prefería escuchar; una música fuerte y loca empezó a retumbar de las bocinas; sonreí sorprendida, iba a mirarle pero temí encontrar sus ojos grises, quedarme embobada de nuevo cuando nuestras miradas se cruzaran y perder el control del auto.
—Es mi estación favorita— me hizo saber, indiferente.
—También la mía— mascullé— allí si saben de buena música.
De pronto tuve una extraña sensación y un cosquilleo revolcó en mi interior, miré de soslayo hacia un lado y creí ver una sonrisa cruzar su semblante serio, pero de inmediato se desvaneció, como si sonreír fuera un acto vergonzoso en su persona. Estuvimos un rato en silencio, ninguno de los dos hablaba y no encontré algún tema de conversación, no conocía sus gustos o cualquier cosa de la que disfrutara charlar, si es que él alguna vez disfrutara algo; mis manos comenzaron a temblar un poco en el volante, esa situación me ponía nerviosa, él tenía la mirada clavada en un punto de su mochila, al parecer de pronto le había encontrado algo interesante.
—Porque ibas a pie al instituto… —inquirí cansada de aquel incómodo silencio, no me respondió y temí que mi repentina pregunta le hubiera ofendido— no respondas si no quieres.
Alzó la vista a la carretera y frunció el ceño.
—Peleé con mi hermana y me ha dejado sin coche—contestó en tono amargo— es insoportable cuando las cosas no salen como ella quiere… y mas si yo las arruino.
—Oh… vaya. Es desagradable… digo, no tiene porque hacer eso; esto que te ha hecho merece una buena… venganza...
Entonces callé de inmediato, como me ponía a decir eso de su propia hermana, volteé para ver su expresión, seguro se había enfadado de nuevo. Me llevé una sorpresa al verlo sonreír ampliamente, una hermosa sonrisa que dejaba ver una perfecta dentadura blanca, realmente se veía tan bien sonriendo, su risa fue tan inocente y tierna como la de un niño pequeño; todas sus facciones duras se habían relajado y sus ojos enmarcaban una mirada cálida y contagiosa.
— Lo mismo he pensado yo— me dijo cuando paró de reír, su sonrisa aún permanecía presente. — Y ya habías terminado con tu disculpa, o piensas seguir.
Entrecerré los ojos; él se atrevía a decir que yo era extraña siendo que estaba peor que yo. Primero se portaba grosero, frío y cortante; después empezaba a hablarme más fluido; luego se ponía a reír y sonreía como el niño más feliz en la faz de la tierra; ahora cambiaba abruptamente el tema de conversación. Me empecé a preocupar por su salud mental y mi bienestar propio.
— De hecho— contesté lentamente tanteando el terreno— la disculpa no era para ti… si no para mi amigo Travis.
—Ya veo… ¿El es una arrogante lombriz británica?
Me quedé paralizada por sus palabras, tan serenas y divertidas; ¿Cómo se atrevía a recordarme aquel acontecimiento bochornoso? Me di cuenta que era una persona lista y sabía como contraatacar; a pesar de que la mañana era fresca sentí calor y la sangre subiendo hasta mis mejillas, no solía sonrojarme fácilmente, pero en las últimas 24 horas ya había batido mi propio record.
—Eso… yo… —vacilé apenada mientras el parecía divertido— ¡Ok! ¡Ya, disculpa! ¡Pero tú también te portaste grosero!
—Disculpa aceptada, de nuevo. Y siento también mi comportamiento de ayer; creo que estamos a mano.
Asentí sin atrever a mirarle.
—Creo que me agradas… —soltó de pronto—eres divertida… lástima que estés demasiado loca y puedas asesinarme en cualquier momento…
—Tú no estás muy cuerdo que digamos
—Ya… podríamos llevarnos un poco… mejor
— ¿Amigos? —le pregunté arqueando una ceja
—No realmente—dijo pensativo— pero si una tregua…
—Como un pacto de Paz
—Si… se escucha bien. “Pacto de Paz”
—De acuerdo— puntualicé.
Apagué el motor. Habíamos llegado.



Bueno primero que nada agradecer a todos los que se toman la molestia de leer mi historia y me alegro que les este gustando, el capitulo 2 lo publicaré pronto, solo que estoy en proceso de transcripción porque antes comentí mucho errores y este resulta ser el capitulo mas dificil de transcribir, pero pronto estará listo, no se desesperen.
Bien me despido de ustedes.
Besos

C.A.W.




Llovía.
    Era la primera hora de clase. Otra larga y tediosa sesión de historia con el señor Lafter; lo único que hacía era pasearse por toda el aula hablando y hablando, nadie se interesaba en prestar un poco de atención, mucho menos yo. Para sus clases solía sentarme al final de la primera fila al lado de la ventana con una excelente vista hacia el exterior, lo cual me distraía de vez en cuando para atacar el efecto somnífero de esas horas; también, por supuesto, era una estrategia sentarse en el rincón ignorado por la mirada inquisitiva del amargado profesor, era muy insoportable cuando hacía preguntas para humillar a toda la clase.
Aquel día de Septiembre, durante los primeros cinco minutos había tratado de parecer interesada pero después me fue imposible sin sentir que mis párpados pesaban más de lo normal. El cuaderno que reposaba en mi pupitre estaba abierto sobre una tentadora hoja blanca, sin ningún rayón, impecable salvo por las líneas azulinas que marcaban los renglones; por un momento, me resistí a él.
Primero, miré por la ventana las gruesas gotas de lluvia que resbalaban en silencio por el cristal; después, mi mirada vagó más allá hasta las copas verdes de los árboles más altos; luego miré de soslayo al profesor hasta que perdí todo aquel interés alguno por la historia y su complicado mundo donde unos hombres buscaban ser mejores que otros a la infelicidad de otros tantos. La historia nunca fue ni sería una de mis asignaturas favoritas, siempre me había parecido eternamente aburrida, todas esas cosas que habían sucedido hacía tantos años a mi no me incumbían ahora en el presente, no las necesitaría para salir de apuros algún día de estos, dudaba que me fuera a enfrentar en una guerra sangrienta como las que describían esos viejos libros, voluminosos y aburridos.
Resignada, tomé mi lápiz entre mis dedos y apoyé la fina puntilla de carbón sobre el blanco papel, que, para ese momento ya me era imposible ignorar. Comencé a deslizarlo suavemente, describiendo tenues figuras deformadas en forma de trazos, volutas por aquí y por allá, sombras a lo largo de la hoja mientras en mi mente se formaban sólo las imágenes, tan vívidas y reales como si de una película se tratase…
Euforia y emoción empezaron a correr por mis venas, una adrenalina introvertida surcaba mi cuerpo, era algo que sólo experimentaba cuando hacía lo que tenía en mente y las cosas salían tal como las planeaba, era simplemente maravilloso, indescriptible. De pronto, todo aquello que me rodeaba fue desapareciendo lentamente y el ruido de la lluvia se debilitó, toda mi atención se vio centrada en las imágenes de mi cabeza, mi lápiz y la hoja de mi cuaderno. Poco a poco las líneas y rayones abstractos fueron tomando forma; primero, una silueta masculina realmente atractiva, posteriormente su cabeza sobre la cual se posaba una melena de cabello oscuro, airado, un poco largo y con un flequillo disparejo que entre ocultaba con naturalidad unos brillantes y ávidos ojos; su mirada se comenzó a hacer seductora pero a la vez vacía; sus facciones delgadas se volvían afiladas, después una sonrisa se dibujó con unos delgados labios, era una sonrisa cálida y amable pero también llena de suficiencia; a continuación, mi lápiz se dirigió espontáneamente hacia sus hombros y siguió deslizándose rápidamente, añadí pequeños detalles y sombras hasta quedar casi completamente satisfecha con el resultado, era una persona tan bella, tan perfecta físicamente hablando, a pesar de ser algo tan sencillamente asombroso le faltaba una especie de chispa, sentía su frialdad sobrehumana, una insensibilidad arrolladora le cubría como una oscura manta… le faltaba algo, algo que lo hiciera parecer realmente un humano, algo que no lo distinguiera y lo hiciera diferente, algo que no entendía y ni siquiera yo misma sabía, como si no hubiera sido creado por mí y en realidad fuera una mala copia de algo corpóreo en el mundo. Era la primera vez que me sucedía aquello, la primera vez que un simple dibujo me hacía sentir de manera tan extraña.
Un escalofrío recorrió mi columna. Decepcionada, cerré la libreta y me erguí recargándome sobre el respaldo del pupitre. De nuevo todo volvía ante mis ojos: los compañeros a mi alrededor, el profesor Lafter con la misma perorata sobre La Revolución Industrial, incluso, el sonido de la lluvia de afuera se intensificaba para mi, pues, al desviar la mirada por la ventana, me di cuenta que el aguacero no había disminuido en absoluto.
Suspiré hondo y parpadeé un par de veces para aclarar las imágenes delante de mí; el corazón me latía con tanta rapidez que por un momento pensé que se saldría de mi pecho como un caballo desbocado, intenté calmarme. “Sólo es un dibujo” pensé al sentir que me ahogaba dentro del concurrido salón de clases. Miré el reloj en mi muñeca izquierda, sólo faltaban quince minutos para que finalizara la clase; situé mí vista al frente y de nuevo volví a fingir que las causas que había provocado dicha Revolución realmente era lo más interesante en ese momento, aunque sinceramente me importaba muy poco, al día siguiente habría vuelto a olvidar las fechas y los extraños nombres que solía usar la gente del siglos XVIII ó XIX ¿Por qué la historia se molestaba en hacerse insoportable?
“¡Que viniera alguien y me salvara de esta tortura!” Grité dentro de mí, agobiada en la desesperación.
Un minuto después, como si alguien, una fuerza superior a mi entendimiento, hubiera escuchado mis súplicas internas, llamaron a la puerta del aula. El profesor Lafter calló  de golpe en ese instante y se acomodó las gafas sobre el puente de la nariz para después dirigirse a la puerta y saber quien había osado interrumpir su valiosísima charla; fue increíble ver como el aspecto severo y correcto de l hombre se volvía una máscara de profunda indignación y su porte siempre recto estaba al borde de un colapso. Hice el mayor esfuerzo por contener una sonrisa; sintiendo la curiosidad desbocada de conocer a “mi salvador” desvié la mirada hacia la entrada y estiré disimuladamente la cabeza para ver por encima del hombro de Robert Mathews sentado de manera que su altura me ocultaba de la vista y me impedía ver mucho de lo que sucedía más allá.
Se trataba del prefecto Anderson, desde mi lugar apenas distinguí su habitual peinado extravagante, imitando al de una estrella de un grupo de rock de los 80’s. Empezó a hablar con el profesor pero no logré escuchar ni una palabra, pero, con cada segundo que pasaba Lafter daba la impresión de ser un volcán humano a punto de estallar, si había alguien que sacaba de quicio a ese profesor se trataba de Anderson, no era un secreto para nadie que la actitud juvenil de Anderson le perturbaba, lo consideraba inmaduro e inadecuado para dar un ejemplo de lo que significaba autoridad, según sus palabras.
—…si no tengo otra opción…—escuché cuando elevó más la voz el profesor de historia.
Entonces, resignado, se hizo a un lado y el prefecto entró en un revuelo como presentador de programa de comedia, se paró enfrente de la clase, nos miró y nos dirigió una amplia sonrisa amistosa que inevitablemente la mayoría correspondimos.
—Buenos días, muchachos—saludó animadamente como si nos fuera a comentar el partido de futbol del fin de semana pasado.
Su sonrisa se volvió más amplia y el profesor, esperó impaciente con los brazos cruzados manteniéndose lejos, quizás temía que si se acercaba mucho al prefecto terminaría siendo como él.
—Bueno iré al grano antes de que Lafter termine de ponerse morado— bromeó y una risa general se escuchó por toda el aula mientras el señor Lafter nos lanzó una mirada furibunda—en fin, hoy les he venido a traer un paquete directo desde Rumania.
No estaba segura de haber escuchado bien lo que había dicho, pero después una expresión de asombro por parte de mis compañeros me hizo caer en la cuenta de que no lo había imaginado. Hizo un movimiento con ambas manos como si tuviera un par de baquetas en sus manos y tocara una batería imaginaria; luego se quedó quieto y miró hacia la entrada.
—Se suponía que esa era su señal… —titubeó.
Anderson se dirigió de nuevo a la puerta y asomó su cabeza hacia fuera, después metió nuevamente la cabeza y al siguiente instante entró una persona.
Por primera vez en aquella primera clase del día presté verdadera atención, me enderecé sobre el asiento completamente asombrada, sin creer lo que mis ojos veían, tenía que ser falso, un sueño o una ilusión; probablemente estaba soñando después de haberme quedado dormida, tenía que despertar antes de que Lafter me descubierta. Sin embargo, no pude abrir los ojos hacia la realidad, y el sueño, quizás pesadilla, siguió su curso cuando abrí con violencia mi cuaderno en la hoja recién utilizada, mis ojos pasaron precipitadamente del dibujo al chico parado en la parte delantera de la clase, seguí creyendo que sólo era mi imaginación; sí, intentaba convencerme con mas firmeza conforme lo examinaba con mirada aterrada, eso era… imaginación… o una simple coincidencia, prefería la primera, asustaba menos pues mientras más lo miraba, más me daba cuenta de que ese muchacho y mi dibujo poseían rasgos tan similares que podrían ser la misma persona. Para ese momento entendí, que, después desde hacía mucho tiempo, volvía a saber lo que era el verdadero miedo.
El chico nos miró a todos, tenía una expresión seria que cautivaba, no se atrevía a sonreír y no lo culpaba; hice una pausa entre mis miedos para dar una ojeada discreta alrededor, todos lo veían expectantes, atónitos, fue evidente que su atractivo físico los había deslumbrado por llamarlo de cierta forma, incluso, el profesor Lafter parecía repentinamente anonadado.
—Su nombre es Engel Jackocbsob—dijo el prefecto después de un prolongado silencio—espero que lo hagan sentir como en casa… esto… parece que es un poco tímido… ¿no?
Engel Jackocbsob no cambió su expresión a pesar del titubeo de Anderson por tratar de quedar bien, pero no sentí lástima hacia el prefecto, se lo había buscado, él era el único docente que podía hacer la llegada de un alumno nuevo todo un acontecimiento, seguramente si estuviera en sus manos decidir, habría celebrado una fiesta de bienvenida.
En cuanto a Engel Jackocbsob, no lucía en absoluto nervioso ni abrumado de que todas las miradas curiosas se dirigieran a él, únicamente mantenía la vista al frente, sin mirar nada en especial, supuse que le resultábamos una manada simple en un mundo de cosas maravillosas; su porte daba cierto aire despectivo. Actuaba como si estuviera acostumbrado a aquello y sólo fuera cosa de una aburrida rutina diaria, probablemente lo era ya que parecía mas que obvio que alguien tan… diferente… llamativo… casi incapaz de describir con simples palabras, pasara desapercibido a donde quiera que fuese.
—Puedes pasar a sentarte—informó Lafter saliendo repentinamente de su ensimismamiento, su voz había abandonado el tono refunfuñón.
De nuevo, di una mirada alrededor, esta vez no para ver a los aún atontados de mis compañeros si no para darme cuanta que el único pupitre disponible que quedaba era la que estaba delante de mí. Eso era genial, pensé con sarcasmo, ¿Qué mas jugarretas sucias pensaba jugarme la vida en este día? A estas alturas era como si ya casi todo pareciera posible de suceder.
“Deja que las cosas tomen su curso” dijo esa voz interna que curiosamente casi siempre tenía razón y sentido cuando mi mente estaba tan mal como para conectarse de nuevo a la realidad y ser capaz de continuar por si misma; aunque, la mayoría de las veces nunca estábamos de acuerdo, con el tiempo aprendí que si escuchaba lo que me decía probablemente todo sería un poco mas sencillo, incluso podíamos llegar a llevarnos bien; no obstante, rebatir era parte de mi naturaleza.
Mis manos comenzaron a temblar y un sudor frío recorrió discretamente mi frente mientras el calor de mi cuerpo subía directamente a mis mejillas, no lo pude ver pero estaba casi segura de que me había sonrojado por una razón estúpida. Odiaba esas demostraciones de nerviosismo, y peor aún odiaba sentirme nerviosa o ansiosa por una persona que no conocía. Hice mi mayor esfuerzo por mantener mi mirada al frente como si todo marchara tan normal como siempre, y justo en ese momento, el mejor de todos, la cobardía y el miedo se apoderaron nuevamente de mí; como un conejillo asustado, me agaché encogiéndome en el asiento como si fuera mi pequeña madriguera capaz de salvarme de todo peligro impuesto a mi alrededor: Engel Jackocbsob.
—Delante de la señorita Crawforth hay un lugar—dijo de nuevo la voz de Lafter y estaba segura de que me había señalado, no me atreví a levantar la mirada.
“¡Maldición!”
Tragué saliva y el calor empezó a aumentar más, sólo me quedaba fingir que estaba más interesada en mis propios asuntos que en el chico nuevo y su impactante intromisión. Era guapo, imposible de ignorar y omitir, y más que atractivo algo en él era atrayente.
Agradecí que los demás siguieran estupefactos mirando a Engel y no prestaran atención a nada más. Decidí arriesgarme y levantar un poco la vista. Lo vi exactamente a él, no pude evitarlo, estaba presenciando a una de mis creaciones tomar vida propia. Se dirigía lentamente caminando de una forma elegante con la mochila colgada al hombro; era alto, delgado y a través de la camisa blanca pude observar que se ocultaban unos formados músculos; el poco viento helado que entraba por la ventana entreabierta despeinaba inocentemente su cabello negro, tenía los ojos grises mas hermosos que jamás haya visto, aunque pude ver en el fondo de ellos algo vacío, igual que en el dibujo, detrás de esos cristales deslumbrantes ocultaba tantos secretos y misterios. Intenté controlar mis hormonas adolescentes respirando lentamente para que mi ritmo cardiaco se controlara, estaba observando a un verdadero ángel; se quitó la mochila del hombro para ponerla en su regazo y se sentó. Me eché hacia atrás tratando de mantener una buena distancia, pero aún así percibí su aroma, inexplicable: fresco y suave, pero también intenso y sentí como si el fuego recorriera mis venas…
Mi corazón se detuvo por unos instantes, pero al momento siguiente fue como si despertara de un letargo; volviendo a la realidad, parecía que mi mente y mi cuerpo quisieran resistirse a su elocuencia. Me aclaré silenciosamente la garganta, volví mi vista hacia el profesor que ahora se encontraba hablando nuevamente con el prefecto, esta vez sin discutir aunque Lafter no quitaba su expresión severa. Aún quedaban escasos diez minutos de esa clase pero daba la impresión de no importarle en absoluto, ya a nadie le importaba la Revolución Industrial. Los demás aún seguían con la vista fija en él, por un momento sentí compasión y pensé que no me gustaría estar en su lugar.
Aquellos fueron los diez minutos mas largos de mi vida, tenía delante a un ser de esos que no lucen como mortales y debía controlar mis emociones para no saltar sobre si y que pensara que era una psicópata, su atracción era inquietante, encendía efusivamente hasta las sensaciones más apagadas formando una nube ardiente que se disipaba muy lentamente. Yo era así… tan superficial; tenía que ser algo que venía incluido con el paquete Rumano.
Recordé entonces, abrí el cuaderno nuevamente y admiré mi dibujo aún sorprendida, no cabía duda, Engel Jackocbsob y el chico plasmado en aquel papel eran la misma persona, el mismo ser “perfecto”.
“Pero… ¿Por qué…?”
El timbre que indicaba el fin de aquella clase resonó enseguida antes de que buscara respuestas “coherentes” a mi pregunta; me sobresalté, vi como todos empezaron a guardar sus cosas, y por sus miradas pude adivinar que estaban dispuestos a irrumpir al chico nuevo como cazadores sobre una deliciosa presa. Arranqué la hoja de la libreta, la guardé cuidadosamente en un folder y de inmediato metí todo dentro de la mochila.
—Hola, Engel—la voz falsamente dulcificada de Rachel Arrington no se hizo esperar, siempre tenía que ser tan molesta.
Una chica realmente guapa, con su cabello rubio cayendo como una cascada sobre su espalda y exuberantes ojos castaños los cuales cubría con lentes de contacto para que tomaran un color verdoso. La típica chica popular, asumía que todo lo que sabía y hacía diariamente lo había aprendido viendo películas note americanas; se pavoneándose por el colegio, siempre flanqueada de su grupito de amigas y ella decidía quien era digno y quien no, al parecer Engel Jackocbsob entraba en ese rango.
—Bienvenido—siguió diciendo con tono amable, un tono del que no todos éramos merecedores—Espero que te sientas a gusto mi nombre es Rachel y cuando necesites algo… ya sabes… estoy para ayudarte.
Ella le dirigió una sonrisa coqueta al muchacho y se pasó un mechón de cabello rubio detrás de la oreja.
Engel Jackocbsob alzó la mirada y la miró directamente con esos ojos profundos; Rachel se derritió  y su sonrisa se volvió más amplia y venenosa.
—Gracias, pero estoy bien—le respondió él, fríamente. Luego sonrió ligeramente. —Aunque, si me hacen falta damas de compañía te tomaré en cuenta.
Rachel borró su sonrisa. En ese momento quise echarme a reír, pero traté de contener una carcajada, ella se percató de mi burla interna y volteó a mirarme retadoramente, sus ojos verdosos me recorrieron de arriba abajo mientras me levantaba del asiento, se dio la vuelta y se fue sin decir nada. Sonreí para mis adentros como si acabara de ganar una batalla que se creía perdida, y con la mochila en el hombro me dirigí a la salida para ir a la siguiente clase. Le lancé una última mirada de curiosidad a Engel Jackocbsob, nuestros ojos se encontraron y pude jurar que por un segundo sus delgados labios se habían curvado ligeramente formando una leve sonrisa socarrona; de pronto,  mis piernas se volvieron de plomo y fue más difícil seguir adelante, puse gran fuerza de voluntad y salí del aula como pude.
La lluvia había cesado casi por completo, ahora sólo caía una ligera llovizna; alcé la vista al cielo, unas oscuras y tormentosas nubes grises lo cubrían por completo. Respiré hondo y mi mente se despejó de todo lo que tuviera que ver con Engel Jackocbsob y el dibujo. El viento helado de la mañana golpeó mi rostro, adoraba sentir aquella brisa fresca herir mis mejillas y el olor de la tierra mojada colándose a través de mis fosas nasales me relajaba.
Bajaba las escaleras apresuradamente para llegar a la clase de Literatura cuando sentí unos dedos fríos, casi congelados aferrarse fuertemente en torno a mi muñeca. Cómo reacción primaria giré precipitadamente para ponerme a la defensiva, más por instinto que por agresividad; y, encontré la sorpresa de que mi cara quedara a escasos centímetros de un rostro llamativo y exuberante que me sacó el poco aliento que tenían mis pulmones.
Me quedé perpleja y di un paso hacia atrás apartándome del chico; mi corazón tamborileaba bruscamente queriendo salir de su lugar, me sentía abochornada ante esa situación al mismo tiempo que una pregunta se formulaba en mi mente al no comprender porque había osado detenerme.
La respuesta no llegó en cuanto quise saberlo. Engel soltó mi mano casi al instante, sus facciones se tornaron enfadadas y su mirada reflejó reproche; a diferencia, le observé ofuscada cambiando mi cuestión a ¿Qué le hice? Y, meditando me dije que era imposible que hubiera descubierto mi dibujo, lo llevaba conmigo bien guardado, tampoco pensé que su reacción extraña fuera por haberme burlado de Rachel, él también había sido grosero con la rubia.
—Lo siento, —se disculpó seriamente; aún luciendo tenso sus grises ojos penetraron en los míos con profunda intensidad, que me hizo estremecerme— te he confundido.
—D-Descuida…— vacilé en voz baja clavando la mirada en el suelo huyendo de la suya, fría ya rayando en lo aterrador y perturbador.
Me observó tan sólo unos instantes; sentía que sus sombríos ojos me recorrían de arriba abajo, las piernas me temblaron y me habría gustado decir algo, pero, simplemente no pude, mi boca estaba seca y tenía gran deseo de salir huyendo; él tampoco decía nada, únicamente estaba allí, parado observando vigilante con su mano aferrada al tirante de su mochila colgada sobre un hombro. Cada segundo que pasaba su rostro se tensaba más y sus hermosos ojos grises adquirían una expresión seria y severa al igual que sus delgados labios los cuales finalmente formaron una sola línea. 
— ¿Cuál es tu nombre? —Preguntó con ese mismo tono de voz que había usado con Rachel.
Estaba tan distraída observándole que no estuve segura si realmente había formulado aquella pregunta o todavía mi imaginación estaba trabajando a mil por hora; al momento de escuchar su suave, fría y aterciopelada voz le miré distraída y apenada.
—Perdón… ¿dijiste algo?
Su rostro repentinamente se crispó hundiéndose en la ira, aunque lo aparentaba muy bien, pude ver como su mano se aferraba con mas fuerza a la mochila, sus nudillos se habían tensado lo suficiente como para que los huesos de la mano se dibujaran claramente sobre su piel. Nuestras miradas se encontraron nuevamente, esta vez, sentí como si miles de pequeñas agujas discernieran por todo mi cuerpo.
—Olvídalo—musitó entre dientes.
—En serio… lo siento, es que estaba distraída—dije mientras el soltaba un bufido frustrado.
Engel Jackocbsob pasó por mi lado golpeándome intencionalmente en el hombro… quizás le cabía la esperanza de que si perdía el equilibrio cayera rodando escalón tras escalón. El chico se había ofendido e ignorado mis disculpas, aparentando que nadie había dicho absolutamente nada. Se dispuso a bajar las escaleras, lanzándome una última mirada furtiva; detrás de mi escuché la risa burlona de Rachel que después pasó por mi lado a toda prisa, lo mas probable para seguir los pasos de muchacho que antes la había tratado tan bien como a una mosca zumbando encima de su nariz.
En ese momento, la sangre hirvió dentro de mis venas, apreté mis puños  con todas mis fuerzas, y toda muestra de amabilidad y hospitalidad que había deseado tener con él se fugaron de mi mente, incluso ya no me importaba como se sintiera por ser el centro de atención, me daba lo mismo si Anderson le hacía bailar en falda delante de todo el colegio. Furiosa, me apresuré a bajar las escaleras en un intento vano de seguirle y reclamarle; él ya iba muy lejos, me recargué en el barandal de la escalera y le miré  asesinamente, me pareció que había desviado discretamente su vista y, de la nada una sonrisa burlona apareció iluminando su cara con una imagen irónica y grotesca, aún así, siguió caminando.
Maldije para mis adentros todo lo que pude, todos los chicos eran iguales… aunque había sus excepciones, la mayoría de ellos parecían haber sido cortados de un mismo patrón y por una misma tijera. Eran estúpidos, arrogantes, creídos, idiotas, tontos… ¡Hombres!
Entre mas tiempo me quedaba allí despotricando palabrotas sin pronunciar, mi coraje ferviente se apoderaba de mi consciencia y ya no lograba distinguir entre lo bueno o lo malo, lo correcto o lo incorrecto. Ya no podía seguir conteniendo más las palabras ahogadas en mi garganta, apretando los dientes para que éstas no se escaparan; ningún pensamiento coherente y fuera de la situación pasaba por mi cabeza, sólo sentía grandes deseos de asesinarlo, sólo eso y de nuevo su sonrisa burlona recordándome la impotencia.
— ¡Me desagradas! ¡Te aborrezco! ¡Espero no tenerte cerca de mi otra vez! —Al fin las palabras que contuve por unos minutos salieron en forma de gritos. — ¡Arrogante lombriz rumana!
No hizo muestras de inmutación, sólo lo vi alejarse del edificio y dirigirse que estaba enfrente, con suma tranquilidad, caminaba rápido, pero aún así no perdía su porte elegante y altivo; su inhumana perfección era evidente desde la lejanía, al pasar por su lado las chicas quedaban hechizadas por un encanto desconocido…
Sacudí mi cabeza ahora enfadada conmigo misma, no podía permitirme tener aquellos pensamientos sobre Engel Jackocbsob, él era una persona detestable y a pesar de su perfecto aspecto, su dura personalidad lo hacía el ser mas despreciable que había conocido en toda mi vida, y había conocido muchos seres despreciables.
Los chicos y chicas que habían visto toda la escena me miraban expectantes con una expresión de pavor y disimuladamente se alejaban de mí como si yo fuera un animal peligroso; otros, murmuraron cosas en voz baja mirándome de forma extraña; algunos más, soltaron risitas y sin aparentar me señalaron como atracción de circo. No era momento de arrepentirme por lo que había hecho ni mucho menos agachar la cabeza avergonzada, la acción había sido efectuada y así como lo había disfrutado en su momento no me quedaba mas que afrontar las consecuencias: burlas y habladurías. ¿Qué me importaba?
Suspiré hondo y bajé los escalones uno por uno con paciencia infinita, me volví a hundir en mi mundo, un mundo en el cual ya había descartado cualquier sueño estúpido que tuviera que ver con Engel Jackocbsob, porque, no negaré que unos cuantos segundos mi imaginación creó escenas imposibles en mi cabeza… pero eran eso, imposibles. Una especie de fugaz amor platónico idealizado.
— ¡Anne! —Escuché que gritaba una voz muy conocida a lo lejos— ¡Annette!
Me paré en medio del patio y busqué a quien me llamaba, entonces, de un grupo de alumnos vi unos brazos extendiéndose en el aire de un lado a otro queriendo llamar la atención; una sonrisa iluminó mi rostro y todo sabor amargo que había dejado el chico nuevo desapareció por completo. Travis se acercaba a toda prisa hacia mí y cuando llegó me envolvió en un cálido y mojado abrazo que recibí gustosa. Cuando se separó de mí pude admirar una sonrisa radiante en su rostro, y sus tórridos ojos castaños ardiendo de felicidad, estaba empapado y el agua de lluvia goteaba de sus rizos marrones. Él era mi mejor amigo desde la niñez y nuestra relación era más que de hermanos.
— ¿Por qué estás empapado? —le pregunté de inmediato con curiosidad
—He tenido entrenamiento de futbol a la primera hora y como llovía… no pude evitarlo—respondió inocentemente mientras se echaba a reír y me rodeaba el hombro con su brazo.
Una de las pasiones de Travis, era el futbol; yo no sabía mucho sobre ese deporte, porque no me gustaban los deportes, pero en mi opinión Travis era un excelente jugador, notaba la pasión que sentía al practicar, no le importaban las condiciones en las que jugara, en cuanto entraba al campo era feroz.
—Deberías ir a los vestidores antes de que te resfríes— le advertí como si fuera su madre, pero cuando le volví a ver sabía que no debía arruinarle algún momento especial. —Bueno y esta felicidad que no te cabe en la cara no creo que sea solo porque te fuiste a bañar como perrito callejero.
Volvió a reír soltándome y poniéndose frente a mí.
—No, claro que no es eso; aunque admito, ya me tocaba baño—bromeó— lo que pasa es que… ¿Cómo decirte esto…?
Puso una cara aparentemente seria. El mentir dramáticamente no era su especialidad, Travis odiaba mentir y eso lo hacía ser un muy mal actor; entrecerré los ojos y le miré inquisitivamente.
—Insisto… jamás ganarás un Óscar… mejor ve al grano y me ahorro tu humillación— esbocé una sonrisa maliciosa; quedamos en silencio, un par de segundos después los dos no reímos al unísono.
—Tu siempre tan perversa, pero no importa… lo que sucede es que ¡me han elegido capitán del equipo!
Parpadeé un par de veces, esa respuesta no era lo que me habría gustado dar, fue sorpresa para mí y me había tomado con la guardia baja.
— ¿En serio? Oh, Travis, eso es… maravilloso… increíble ¡Felicidades! —dije cuando reaccioné.
No pude evitar sentirme feliz por mi amigo, entonces me lancé de nuevo sobre su cuello y le di otro fuerte abrazo sin importarme el hecho de que estuviera mojado, sabía perfectamente que una de las mas grandes ambiciones de Travis, hasta el momento, era llegar a ser capitán del equipo de futbol de la escuela y después de haber puesto su mayor esfuerzo por fin lo había logrado, me sentí tan bien al verlo así que para entonces el mal rato que Jackocbsob me había hecho pasar se había reducido como una nube de polvo.
Caminamos juntos hacia el otro edificio donde tenía mi otra clase, Travis iba contándome con cada detalle sus asombrosas jugadas; para mi era como si hablara en otro idioma, tal vez ni siquiera le encontraba mucho interés a seguir una pelotita por todo el campo, fingí que era algo fenomenal pero cuando terminó de contarme, me sentía igual de ignorante que al comienzo de su historia, y precisamente no había entendido mucho de su caló deportivo.
—Vaya… al parecer… estuvo genial— musité en voz baja y luego le sonreí para que no captara algo extraño.
—Un poco, sí... fue como los otros partidos de entrenamiento, sólo que… con agua.
Seguimos avanzando y cuando nos paramos frente a la puerta del aula de Literatura su expresión vívida y alegre cambió a desconcierto, arrugó la frente como solía hacerlo muy seguido en clase de álgebra.
— ¿Tú eras quien gritaba hace rato… justo después de que terminara la primera hora…?
En ese instante sentí como si saltara desde un alto precipicio, de hecho, habría preferido eso antes de confesarle a él que, efectivamente, yo era la frenética desquiciada que gritaba desde las escaleras. No me importaban que el resto del alumnado lo supiera, pero él era algo distinto, sabía la forma de hacerme sentir la culpa y lo peor era que no se lo proponía; me sonrojé y agaché la cabeza, ahora si estaba avergonzada y me preguntaba cuantos mas me habían oído gritarle a Engel Jackocbsob. Los dedos fríos de Travis se posaron sobre mi barbilla, alzó delicadamente mi rostro hacia su altura, obligándome a verle a los ojos esperando una respuesta inmediata.
—Si… esto… fui yo—confesé resignada.
— Y esta vez… ¿Quién fue el desafortunado al que quieres asesinar?
Apreté mis puños de sólo recordarlo.
—Un idiota, un chico nuevo que viene de Rumania—bufé mientras me cruzaba de brazos— se cree tan… genial... lo mejor del mundo, como para ignorar a todos, pero, prefiero no hablar de eso. Ahora tú te vas a las duchas y yo a clase.
—De acuerdo—asintió él, recordando que estaba empapado. Se despidió dándome un beso en la mejilla y giró sobre sus talones para ir por la dirección contraria—Nos vemos, Annie.
Alcé mi mano agitándola ligeramente, vi como se echaba a correr hacia el gimnasio y luego entré a clase cuando la profesora Parker se acercaba.
La clase de literatura fue casi tan aburrida como la de historia, me gustaba la literatura, pero no me gustaba repasar cosas que ya sabía como en esta ocasión la profesora había sugerido antes de comenzar a estudiar un nuevo libro; por un momento quise abrir mi cuaderno y volver a dibujar, pero, una parte de mi temía que algo extraño sucediera otra vez; por más que deseé sacarme a Engel de la cabeza no pude, su rostro se había grabado en mi mente con tanta claridad que lo veía cada vez que mis ojos se cerraban un poco y su mirada sombría había penetrado tanto que fue imposible olvidarlo…
Después de la clase de Literatura fui a Cálculo y al terminar esa, me reuní en la cafetería con Travis, Andrew un amigo de Travis y Kat mi mejor amiga del género femenina… quizás la única, su cabello castaño claro rizado como borrego y sus grandes ojos cafés le daban un aspecto tierno pero en el fondo era todo lo contrario, y, aunque resultaba extraño era un año menor que yo pero nos llevábamos de maravilla, sus ideas eran similares a las mías.
Mientras estuvimos en la cafetería, les conté sobre Engel, solo había decidido omitir la parte del dibujo, no quería que me empezaran a meterse ideas locas en la cabeza, así que decidí solo contar lo primordial. Andrew nos dijo que Engel estaba en su clase de Lengua y que sin duda alguna su simple presciencia le causaba escalofríos. Kat también nos dijo que una chica muy hermosa había llegado a su clase de Biología y que su comportamiento era similar a lo que contábamos de Engel, su nombre era Valerie, por lo visto eran hermanos ya que compartían el mismo apellido.
Sin importar que, lo busqué discretamente dentro de la cafetería pero no logré encontrarlo, éramos las mismas personas del día anterior, ningún nuevo rostro sobresaliendo de los ya conocidos; cuando me di cuenta de que no lo había encontrado no supe si sentir desilusión o alivio. En mi interior, una lucha constante se debatía entre querer ver de nuevo su misterioso semblante lleno de seriedad, y el no querer toparme con él nunca mas, suspiré sin timar mi decisión.
La mano de Travis sobre mi hombro me devolvió a la realidad mundana de los que éramos “normales”. Mi amigo estaba de pie mirándome confuso averiguando si me encontraba bien, aunque no me lo preguntara; di una oleada alrededor y me di cuenta de lo que sus ojos castaños me decían: la siguiente clase está por comenzar. Andrew y Kat ya se habían marchado y yo no lo había notado siquiera.
Me despedí de Travis para dirigirme a Lengua, las cosas iban bien, no había rastros de la arrogante lombriz rumana; tampoco en las siguientes que fueron Química y Computación; sentí un gran alivio y el peso que caía sobre mis hombros me liberó cuando el timbre que indicaba el final de las clases invadió los pasillos y las aulas. En el pasillo principal me reuní con los demás y nos dirigimos a la salida.
Así otro tedioso día de clases había terminado de nuevo. Apenas eran los primeros días y mi vida ya se estaba volviendo una rutina de la cual deseaba escapar cuanto antes.
— ¿Tuviste otra clase con el chico nuevo? —inquirió Kat.
—No—dije fingiendo alegría mientras desviaba la mirada hacia el estacionamiento—eso es bueno, significa que no lo veré mas que en las horas de historia, lo cual también significa que no cruzaré palabras con él, que felicidad.
No estaba segura si mi respuesta había sonado convincente, para mi no lo había sido, y supuse que para ellos tampoco cuando me vieron de forma extraña y luego rompieron a reír.
—Terminarás enamorándote de él si te sigues obsesionando de esa manera— soltó Andrew con brusquedad aunque terminó riendo.
— ¡Si vuelves a decir eso me encargaré de que no te den ganas de reír en mucho tiempo!
—Anne, mejor nos vamos— me advirtió Travis tomándome de los hombros antes de que me lanzara encima de su amigo— no es que el mundo necesite mucho de las risas de Drew… pero, no quiero que mi niña tierna se convierta en una asesina demasiado pronto.
— ¿Tierna? ¿De dónde?
— No ayudes, Kat.
Travis se despidió de los y me guió hacia el auto sin soltarme todavía, como si pensara que me regresaría sólo para golpear a Andrew; estaba loca pero no me imaginaba llegando a esos extremos, ni siquiera con Drew con quien peleaba la mayoría del tiempo. Llegamos hasta mi coche, un Audi azul que me había regalado mi tía cuando cumplí los dieciséis. Subimos apresuradamente y tiramos nuestras mochilas en los asientos traseros, escuché extraños ruidos detrás y supe de inmediato que mis cosas se habían esparcido por todas partes.
—Demonios—murmuré
—Yo las recojo—se ofreció Travis pasándose al asiento trasero mientras yo encendía el motor.
Salimos del aparcamiento lo mas rápido que fue posible, vi la sonrisa triunfante en el rostro de mi amigo por el retrovisor y un dejo de pánico me recorrió.
— ¿Qué tienes allí?
—A si que odias a “la arrogante lombriz rumana”
Sacó la usada hoja de papel del folder donde la había dejado resguardada, y se pasó de un brinco al asiento del copiloto, admiró lo que se encontraba en ella y me pidió una explicación sin borrar su tonta sonrisa pícara y acusadora.
—Eso… ¡te he dicho que odio que hurgues en mis cosas! —le grité descontrolada haciendo demasiado esfuerzo por no apartar la vista del camino.
Las manos me empezaron a temblar sobre el volante, pisé el acelerador y el calor de mi cuerpo aumentó; estaba nerviosa y muy enojada también.
—Anne se ha puesto rojita— se burló Travis. — y si Drew tuviera razón y…
Su tonó de voz fue como el fuego encendiendo una chispa; frené sin importarme que él no llevara puesto el cinturón de seguridad, nos detuvimos en medio de la carretera, el impulso de la velocidad y el detenerme de improvisto lo lanzaron hasta delante golpeándose la frente con el tablero.
— ¿Que te pasa? —me preguntó enfadado mientras se sobaba la frente con la mano izquierda; ahora tenía una graciosa marca roja la cual se tenía bien merecida.
Le arrebate el dibujo de Engel Jackocbsob, eché a andar de nuevo el auto, con una mano llevaba el volante y con la otra hice bolita la hoja, abrí la ventanilla y con todo el dolor de mi alma lancé la bola de papel hacia fuera. Por el espejo vi como se alejaba y el viento jugueteó con ella para que minutos después el dibujo volara para siempre, perdiéndose de mi vista.